El dibujante en el metro siempre es furtivo, siempre vas al acecho de ese gesto, de ese rostro que ya lo lleva todo escrito, y también de tu propia sensación de calma, de equilibrio, de sorpresa, ese que sólo nos puede dar el dibujo, ese andar armados solamente de un lápiz o de una pluma y tu capacidad de observación, de síntesis, de intentar capturar no un momento detenido de la eternidad sino el flujo de la vida.
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