Desde la cafetería del hospital, los grandes bloques de pisos de Bellvitge, ejemplo del desarrollismo de los 70, contemplan el continuo fluir de la carretera de entrada y salida de la gran ciudad de Barcelona, ese continuo ir y venir de coches, autobuses y camiones que nunca se detiene, tal como la sangre fluye por las arterias, a borbotones a veces, pero con su rumor perenne e inmisericorde.
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