Al llegar a la cima del cerro, con el sol ya poniéndose por el oeste, este olivar disfrutaba de la sombra de la cima de la montaña, en un completo y calmo silencio. Un par de águilas sobrevolaban el paisaje y algunos pajarillos piaban entre los matorrales secos y espinosos. Tras los cerros dónde aún persistía la luz el mar asomaba su azulada utopía de una agua que nunca iba a llegar.
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