El director de la Orquesta de Viena siempre tenía mucho trabajo, y la única compañía de su perro, un auténtico melómano amante de Mahler y Schubert y totalmente contrario a las arias de Puccini , los violines de Vivaldi y al timbre del pizzero que interrumpía la concentración del director de orquesta con la estridencia que anunciaba la comida rápida. Y es que la exquisitez nunca es absoluta.
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